La Iglesia Católica se negó a despedir a Colette con una ceremonia religiosa. La República organizó unos solemnes y concurridos funerales de Estado, por primera vez destinados en Francia a honrar a una mujer, a una pionera que había sido distinguida con las más altas condecoraciones por su innovador modo de abordar la personalidad de las mujeres y la ficción de inspiración autobiográfica (“autoficción”, se dice ahora), que la llevaron a ser la primera escritora en ingresar en la Academia Goncourt y la primera en presidirla.

 

Sus tres matrimonios no fueron la principal piedra de escándalo en un país siempre muy polarizado entre el conservadurismo a ultranza y las libertades postrevolucionarias. La bisexualidad que Colette ejerció bajo los focos y que reflejó en sus obras sí suscitó el escándalo de los sectores más puritanos.

 

Su vida amorosa fue tan movida y variopinta que las biografías de Colette se leen, como suele decirse, como una novela.

 

Su madre y su primer marido fueron figuras clave en el devenir de Colette. Por muy distintas razones. La madre, Sidonie Landoy, había vivido una vida culta y liberal en Bélgica y, con tres hijos a cuestas de su primer matrimonio, se casó en segundas con un excapitán de los suavos  para recalar, degenerando, en un pueblo de menos de mil habitantes, Saint-Sauveur-en-Puysage, donde su marido ejerció de recaudador.

 

Allí nació Sidonie-Gabriel en 1873, que sería universalmente conocida por su nombre artístico de Colette, tomado del apellido de su padre. La niña tuvo una infancia y adolescencia felices hasta que el padre se arruinó y la familia tuvo que cambiar de ciudad. La madre, librepensadora y atea, mandó a su hija a la escuela pública, le inculcó la lectura y la alejó de las sotanas.

 

El primer marido de Colette, apodado Willy, fue un alegre calavera, 13 años mayor que ella, de adinerada familia de editores. Henry Gauthier-Villars, como se llamaba, era un vividor diletante, periodista, crítico musical y novelista popular, que aportó al matrimonio un hijo fruto del adulterio con una muy notable señora casada.

 

Willy, adúltero compulsivo, era un jeta mundano, amigo de la crema de la intelectualidad parisina, que disponía de una legión de negros para elaborar sus libros. Colette tenía 20 años cuando se casó con él en 1893, y él fue su Pigmalión y su explotador. Viendo en ella condiciones, la animó a escribir sobre sus recuerdos y, cuando Colette escribió, él firmó con su propio nombre los libros de ella.

 

Así surgió la saga de Claudine, un éxito inmediato, cinco novelas que evocan la niñez y juventud de Colette, publicadas entre 1900 y 1907.

 

La pareja, instalada precisamente en París, fue derivando hacia la crisis y la ruptura. Willy se iba con mujeres, y Colette también. Colette tuvo innumerables amantes femeninas, de variada tipología, mientras seguía escribiendo y, especialmente, actuando como actriz, bailarina y mimo. Willy y Colette, como estaba cantado, tarifaron.

 

Después, Colette conoció al periodista Henry de Jouvenel, redactor-jefe de Le Matin. Se casaron en 1912, y Colette inició una carrera de periodista que le llevaría a ser reportera, cronista de guerra y crítica de teatro. Jouvenel, que hizo luego una relevante carrera política, también tenía hijos, de una pareja anterior y de una amante. Colette y Jouvenel tuvieron una hija en 1913, pero las cosas se torcieron definitivamente cuando Colette se lió con un hijo anterior de Jouvenel, Bertrand, que apenas tenía 17 años. Ella ya andaba por los 40. Divorcio.

 

El caso es que Chéri (1920), una de las más célebres novelas de Colette, trata de la relación de una mujer madura y un joven amante. Chéri fue llevada al cine, por segunda vez, en 2008, con dirección de Stephen Frears e interpretación de Michelle Pfeiffer. Entre el cine y la televisión, hay más de 20 películas realizadas a partir de relatos de Colette, que también escribió teatro y fue adaptada, del mismo modo que escribió guiones originales para el cine, en los años 30, para directores tan importantes en el momento como Marc Allégret y, sobre todo, Max Ophüls.

 

Colette no necesitó del cine para ser una escritora muy popular y leída, pero lo cierto es que el cine y el teatro multiplicaron su fama. Colette publicó su novela Gigi en 1944: una película francesa, una adaptación teatral con Audrey Hepburn como protagonista y, al fin, la versión cinematográfica dirigida en 1958 por Vincente Minnelli e interpretada por Leslie Caron fueron multiplicando la celebridad y permanencia de Colette, que, por otro lado, ya estaba plenamente consagrada.

 

Colette fue una mujer muy móvil: distintos pisos en París, viajes por África, Europa, España y Estados Unidos, conferenciante itinerante, residencias y estancias en Saint-Tropez, Montecarlo y Deauville, todo va conformando un talante inquieto y mundano.

 

Pero también tuvo cierta estabilidad con su tercer marido, Maurice Goudeket, con quien se casó, 10 años después de conocerse, en 1935. Era Goudeket un judío al Colette que salvó de las garras de los nazis gracias a Sacha Guitry. Él estuvo a su lado, con su hija, en su lecho de muerte, cuando Colette falleció en París, en 1954, después de soportar años y años una artritis de cadera que, al final, la mantuvo inmovilizada.

 

Fuente: El Mundo