Henry Moore era hijo de un trabajador de las minas de carbón y tenía siete hermanos. La única preocupación de sus padres era que estudiaran y que no trabajaran como mineros. Ya a los once años su vocación estaba decidida: quería ser escultor como su admirado Miguel Angel.

 

Nacido en 1898, fue convocado al ejército durante la Primera Guerra Mundial, donde resultó herido. Luego comenzó a estudiar arte en Londres. Su gran amiga fue su colega Bárbara Hepworth, quien resultó también ser lo mejor de la escultura británica. Durante 20 años, sus trabajos se centraron en el tallado de la madera y en esculpir en piedras.

 

Ya con 30 años, era el primer escultor británico y le daban los mejores encargos. Había viajado a Italia y a Francia a conocer el arte clásico y, recién con 48 años, viajó a Estados Unidos, porque le realizaban una retrospectiva en el MoMA de Nueva York.

 

En su estilo, tiene gran influencia el conocimiento de la escultura tolteca-maya; la figura del Chac Mool en Chichén Itzá es fundamental para conocer su cambio de rumbo, abandonando el tallado y dedicándose a la arcilla y al modelado, además de ir haciendo fundir a la cera perdida sus esculturas de todos los tamaños.

 

La escultura en las primeras décadas del siglo XX tenía el concepto de ocupar un espacio, como lo hicieron los clásicos y lo continuó el genial Auguste Rodin. Pero en la década del ‘20 Abel Laurens y Pablo Curatella Manes en París, comenzaron a romper dicho concepto haciendo espacios vacíos en sus obras para integrarlas al espacio; un ejemplo es la “Ninfa Acostada”, pieza que se encuentra en Buenos Aires en la Plazoleta de Cerrito y Posadas.

 

Este concepto lo potencia Henry Moore a partir de la década del ‘40 y su temática está siempre referida a la mujer y a la familia.

 

Consagrado en vida, fue un hombre muy rico, pero vivió muy austeramente y dejó su fortuna a la Fundación Henry Moore para la educación y el desarrollo de las artes. Sus dirigentes fueron su mujer y su hija Mary. Es uno de los cinco escultores más importantes de todo el siglo XX, junto a Rodin, Brâncusi, Calder y Giacometti.

 

Generalmente, de cada una de sus obras existen diez fundidas en bronce. En subastas, cada año se venden un promedio de u$s 80 millones, la mayoría de lo ofrecido son grabados y solamente el 25% son esculturas. En la última década, sus precios han subido un 80% y es probable que su valor se incremente en la próxima década.

 

 

Figura reclinada (1982). Pieza de Henry Moore que forma parte de la colección permanente del MAC.

 

 

Hace diez años, una gran escultura suya se vendía en 6 millones de dólares y hace un mes se comercializó una en 33 millones de dólares. La colección permanente del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas (MAC) posee la obra “Figura reclinada” de Henry Moore, pieza que data del año 1982. El artista falleció hace tres décadas.

 

Fuente: Cronista