Marcados la mayoría de las veces por teorías incestuosas, la historia de la literatura está colmada de amores imposibles que insuflaron en autores inolvidables las más hermosas novelas o los más conmovedores poemas. Es tan fructífera la teoría de que los artistas y escritores depositan en una pasión platónica la fuente de su inspiración, que gracias a esta especulación algunos afirman que la modelo de la Gioconda fue una cortesana que amó en silencio a Leonardo Da Vinci, y la remota posibilidad de que Shakespeare escribiera sus obras movido por un loco amor secreto le valió un Oscar a Gwyneth Paltrow por Shakespeare in Love, quizá una de las decisiones más controversiales de La Academia a lo largo de la historia de sus premiaciones.

Emily Dickinson, Charles Dickens y desde luego Lewis Carroll, son algunos de los autores a los que se hace referencia cada vez que se piensa en un amor platónico como el móvil intangible de su creación literaria.

En el caso de la reconocida poetisa norteamericana, la escasa información que se tiene de su obra literaria y de su modesta vida en aislamiento, ayuda a que la imaginación de críticos e historiadores vuele, al punto de relacionarla sentimentalmente con un estudiante de ciencias jurídicas que puede haber conocido en Mount Holyoke; un importante religioso que quizá llegó a su vida en 1854, durante su estadía en Filadelfia; o el amor secreto que sentía hacia Susan Huntington, su cuñada y una de sus más grandes confidentes.

Sea cual sea la verdad, la aparición y publicación tardía de sus poemas, organizados en un orden temporal aleatorio, no le permite a los investigadores seguir la pista de esta historia oculta a través de los sublimes versos de Dickinson, una obra poética que afortunadamente vio la luz, a pesar del celo de su autora.

Charles Dickens muchas veces es relacionado con su cuñada, Mary Hogarth. Aunque no existen pruebas tangibles de este amor platónico, la apasionada reacción del escritor tras la muerte de la joven (que aparentemente falleció en los brazos del autor de Christmas Carol a causa de un ataque al corazón), hacen pensar a muchos en la existencia de un amor más que fraternal. Dickens suspendió la escritura de Oliver Twist y Pickwick, obras que se publicaban por entregas, y nunca dejó de usar el anillo de su cuñada por el resto de su vida. Más conocido es el escandaloso adulterio del novelista británico con Ellen Ternan, por quien dejó a su esposa tras años de una estable y tranquila vida en pareja.

Ríos de tinta se han escrito de Lewis Carroll y su extraña obsesión por una de sus más grandes musas: Alice Liddell, la pequeña que inspiró en el escritor, matemático y fotógrafo, una de las grandes obras maestras de la literatura universal, Alicia en el País de las Maravillas y su secuela, Alicia a través del espejo.

Poco se sabe de la veracidad de este curioso amor, pero teóricos y críticos han querido extraer de él algo turbio, debido a que la madre de Liddell no gozaba de la simpatía del que antes había sido tan cercano con su hija, y la correspondencia que Carroll mantenía con Alice desapareció. Sólo se conserva la relación epistolar que ambos sostuvieron luego de que ésta contrajo matrimonio, sumado a que en la chica la presencia del autor también despertaba la antipatía, luego de aquellas armoniosas tardes de juego, poemas y no senses que inspiraron una obra literaria formidable.

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Miguel Ángel: en cartas, bocetos y poemas te haré saber lo que siento

Pocos conocen una de las facetas más sensibles y fascinantes del trabajo creador de Miguel Ángel Buonarroti: su poesía. En hermosos sonetos, el escultor, pintor y arquitecto italiano, cifró en métrica y rima el apasionado amor que despertó en su corazón Tommaso Cavalieri, un joven que sólo tenía alrededor de 17 años cuando conoció al maestro renacentista, que para la fecha del encuentro ya rondaba sobre los 57.

Las cartas y poemas que salieron del puño y la letra del creador del David, son, junto a una hermosa colección de dibujos y bocetos, una prueba más que tangible de lo que pudo despertar en su alma este amor platónico. Muchas veces el autor de los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina se escudaba en su confidente Victoria Colonna para dispersar la atención de sus febriles confesiones amorosas, tratando de despistar a sus contemporáneos acerca del verdadero objeto de su pasión.

Bajo el nombre de El sueño de Miguel Ángel, durante el año 2010 se llevó a cabo en Londres una exposición basada en la muestra de los bocetos que el maestro italiano hacía llegar, acompañados de cartas, a Tommaso Cavalieri para su contemplación y aprobación, actitud sorprendente en el genio soberbio de la escultura, que el propio Giorgio Vasari reseña en sus reflexiones sobre autores de la época.

Aquella exhibición dejaba por sentado la notable influencia que tuvo en la etapa madura de Buonarroti este amor, que jamás llegó a consumarse carnalmente. Cuentan los historiadores que fue el propio Cavalieri el que sostuvo la mano del pintor en su lecho de muerte, 31 años después de que ambos se conocieran en la corte de Clemente VII.

Ángela León Cervera

@aleon107