Las sabias palabras, dichas con tino y lucidez, son imperecederas. Hoy, cuando se cumplen 116 años del nacimiento del escritor venezolano Arturo Uslar Pietri, compartimos el texto “La lengua sucia”, una reflexión acerca del uso del lenguaje entre los venezolanos, especialmente el caraqueño, que fue publicado en el año 1955 en Pizarrón, un libro del autor de Lanzas coloradas que toma su nombre de la columna que Don Arturo publicaba en el diario El Nacional.

 

La lengua sucia

 

En la larga ausencia de la tierra se acentúa el sentimiento de lo nacional y se aviva el recuerdo y la visión de todo lo que nos parece que lo caracteriza. Pero, por fuerza, otras cosas se atenúan u olvidan. Acaso, por in­consciente reacción de defensa y superación, las que más pronto se olvidan y borran son las impresiones de los aspectos negativos y desagradables.

 

Entre las pocas cosas que desagradablemente he redescubierto en mi regreso a Caracas, está el mal hablar. Se está hablando muy mal en Caracas. Yo no podría decir, si antes era lo mismo, pero en todo caso como yo estaba sumergido dentro del ambiente no me producía la vio­lenta impresión de contraste que hoy me produce.

 

No solo es que la mayoría de las gentes hablan atropelladamente hasta el punto de hacerse ininteligibles, y con un vocabulario de una pobreza que raya en la indigencia, sino que además se nota como un empeño sádico de hablar peor y maltratar la lengua.

 

Este envilecimiento progresivo de la lengua hablada es cosa que debería preocuparnos. El caraqueño medio llena su conversación con gestos y comodines. Todos los huecos de su vocabulario los llena con gesticulaciones y con esos atroces comodines que sirven para designar todo lo que no sabemos o no nos queremos dar el trabajo de nombrar: la cosa, el coroto, la «guarandinga», el «tercio», la «berenjena», y otros peores.

 

En la creación y mantenimiento de este estado de cosas alguna parte de culpa debe tener la escuela, mucha parte debe tener el radio y no poca todos los que nos damos cuenta del problema y no hacemos nada para remediarlo.

 

El venezolano es hombre que se caracteriza por su voluntad de subir. No se resigna a quedarse detrás. Esto forma parte de su característico complejo de la viveza. Quiere parecer mejor de lo que es. Si esta tendencia la hubiéramos sabido encauzar en el sentido de que quien habla mejor vale más, de que un hombre se distingue más por su manera de expresarse que por su traje, su automóvil o su dinero, habríamos logrado detener esta caída casi vertical que llevamos por la pendiente del mal hablar.

 

No se trata de que la gente hable en un lenguaje artificial, con latiguillos académicos, sino de que, conservando su acento y su pronunciación, hagan el esfuerzo de enunciar todas las letras y de nombrar todas las cosas por su nombre.

 

Yo me temo que nuestra escuela se está ocupando mucho de la gramática y poco del lenguaje hablado. Y es evidente que el radio no sólo no ha contribuido en nada a crear una conciencia del buen hablar, sino que ha difundido terriblemente los peores vicios de pronunciación, ha hecho nacionales defectos de lenguaje que eran sólo de los bajos fondos caraqueños y ha importado, al través de cómicos y canciones populares, algunos de los más calificados horrores del habla vulgar afro-antillana.

 

Un programa como el de «Frijolito y Robustiana» es como el saboteo constante de toda la labor que en materia de lenguaje puedan realizar nuestras escuelas.

 

Pero no sólo es que se está hablando mal y pobremente en Caracas, sino que por contraste el vocabulario soez crece y se extiende como una inundación.

 

No se puede recorrer una calle de Caracas sin oír en todos los tonos las palabras más procaces y sucias del idioma. Las gritan los niños, las lanzan los hombres, saltan profusamente como petardos en todos los diálogos, se dicen en tono airado y en tono cariñoso.

 

El que pasa desprevenidamente y oye, no tiene más remedio que oír, siente la repugnante sensación de estar sumergido en una fétida cloaca verbal. Ve uno al niño ágil y alegre, que es una risueña promesa de vida, y le parece que de pronto se desfigura y desnaturaliza con la palabrota que le mancha la boca como pus de infección.

 

La palabrota que ensucia la lengua termina por ensuciar el espíritu. Quien habla como un patán, terminará por pensar como un patán y por obrar como un patán. Hay una estrecha e indisoluble relación entre la palabra, el pensamiento y la acción. No se puede pensar limpiamente, ni ejecutar con honradez, lo que se expresa en los peores términos soeces. Es la palabra la que crea el clima del pensamiento y las condiciones de la acción.

 

Nuestra grosería de vocabulario tiene sin duda sus raíces. La nación española se ha caracterizado en Europa por la abundancia de sus palabrotas. En las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier está jocosamente anotada la tremenda impresión que le produjo el abuso que los aragoneses hacían de cierta procaz palabra. Sin embargo, los españoles fueron también gente muy comedida, cortés y respetuosa de la dignidad ajena. Lo que las «Lanzas» de Velázquez glorifican son los buenos modales y el respeto a la dignidad humana. El gran conquistador Cortés era hombre muy comedido y pulido. Bernal Díaz nos cuenta que nunca juraba, ni decía palabrotas.

 

El comedimiento hereditario lo hemos ido perdiendo y el gusto por lo soez lo hemos ido fomentando. Tenemos hoy una de las lenguas más sucias de hispano-américa.

 

La prédica de Bello por un más limpio y mejor hablar, que tanto bien hizo en Chile, ha sido en Venezuela lección baldía que nadie ha querido oír.

 

Esa lengua sucia es la primera y más importante señal por donde los que vienen a conocernos van a juzgar nuestro espíritu, nuestra cultura, nuestra calidad humana.

 

Esa lengua pobre de vocabulario, atada a los peores comodines, degradada en su calidad y en su entereza y cubierta de las pústulas de lo soez, hay que hacer que nos duela, como nos duele la llaga física, para que sintamos todos la necesidad de limpiarla.

 

Tiempo es de hacerlo y urge más que la limpieza de muchas pústulas de la carne.

Arturo Úslar Pietri