Carta que Felipe Ossa, director de la Librería Nacional en Colombia, dedica al escritor italiano Giovanni Papini, publicada en El Espectador.

 

“Señor Papini: Sus libros poblaron el ámbito de la biblioteca de mi padre. Ferviente lector de su obra, tenía todas las ediciones que podía encontrar, incluyendo la edición de la editorial Aguilar de sus obras completas en cinco tomos. Allí lo conocí. En las fotos que ilustraban cada tomo.

 

Confieso que me impresionó su imagen: esos ojos saltones, la cabellera abundante y en desorden, los labios gruesos, el gesto adusto de hombre irritado con el mundo.

 

Luego, a los trece años, leí, mejor sería decir que devoré, ese libro extraño, singular, cargado de sarcasmo y de amarga ironía, que es Gog, seguido inmediatamente de su continuación, El libro negro. El recuerdo de su lectura no ha podido ser borrado por otros libros. Algunos años después, mientras me extraviaba por la vida, me encontré con su autobiografía, El hombre acabado. Ese libro marcó mi vida por muchos años. Lo subrayé, lo anoté, copié frases enteras y lloré sobre sus páginas sintiéndome plenamente identificado con su espíritu, con sus ansias soberbias de saberlo todo, leerlo todo, comprenderlo todo… “Yo no he sido niño jamás. No tuve niñez”. Así empieza usted a mostrarnos las entrañas de su ser. Es usted implacable consigo mismo y con la humanidad entera. Crudo, veraz, de una lucidez que deslumbra y hiere.

 

Luego, como un alucinado, me enfrasqué en la lectura de sus otros libros. Sus biografías de Miguel Ángel, Dante, San Agustín, su estudio sobre el diablo, sus ensayos sobre literatura, sus poesías.

 

Usted fue historiador de la literatura, ensayista, novelista, temible polemista, ateo y luego teólogo.

 

De esos libros tremendos, injuriosos, que denostaban a Dios, libros que fueron prohibidos y censurados por la Iglesia católica, pasó usted a esa Historia de Cristo, que es como una dulce entrega al Jesús del Nuevo Testamento. Se calmaron las tempestades de su alma y llegó el remanso de la fe, donde quería encontrar sosiego espiritual.

 

Bien dice de usted Borges: “no sabemos cuál es su cara, porque fueron muchas sus máscaras”.

 

Nada de lo humano le fue indiferente. Ni la religión, ni la filosofía, ni la crítica literaria, ni la política. En la polémica, dice Borges, “usted era sonoro y enfático”.

 

Se equivocó al apoyar en un momento dado al fascismo, pero luego fue su acerbo enemigo.

 

Fundó revistas, periódicos, escribió artículos. Fue incansable en su labor de escritor y de divulgador. Ya anciano y enfermo, escribió: “no me doy cuenta todavía de la decadencia senil; sigo teniendo un gran deseo de aprender y un gran deseo de trabajar”.

 

Esta enorme energía, este infatigable anhelo de participar en la vida cultural de su tiempo, fue abatido por la enfermedad y el dolor. Usted quedó ciego, casi paralizado totalmente. Pero aun así, su indomable carácter, su coraje, mantuvo en pie ese roble que se negaba a caer.

 

Muy enfermo ya, en sus últimos días, todavía le dictaba a su hija adorada, trabajosamente, palabra por palabra, sus últimas obras.

 

Usted decía que no le importaba tener ingenio. Eso lo tiene cualquiera. Usted anhelaba el genio, más allá de la gloria. Su obra fue muy popular en todo el mundo. Sus contemporáneos no lo entendieron y la posteridad lo ha olvidado. Pero en algunos lectores que se adentraron en sus libros queda el rastro de su genio. Usted fue un Prometeo que se encadenó a sí mismo.”

 

Fuente: El Espectador